Entrevistas

El Curioso Caso De Lisandro Fiks

Este encierro me ha permitido, entre otras cosas, encontrar nuevas plataformas para consumir ficción. Sí, la ficción es algo recurrente en mi diario vivir. A estas alturas, parece ser una necesidad. Está engranado en mí. No lo escondo, al contrario. Sigo en búsqueda de contenido que alimente esta capacidad de asombro.

Estoy en esta etapa en donde recurro a contenido que me obligue a estar presente. Contenido que requiera mi atención completa. Sin distractores. Material que me pida ser examinado a profundidad, que me lleve a indagar en los detalles. Llevo tiempo ya con esto. De manera no casual, creo que esta confinación me ha hecho desear, mucho más, experimentar eso que se vive en una sala teatro.

Guatemala carece de una industria teatral. No hay una industria musical funcional ni mucho menos desarrollada. El  Ministerio de Cultura y Deporte es uno solo. Pedir un plan de trabajo a largo plazo para desarrollar un ecosistema que permita generar espacios seguros parece ser un insulto para ellos. Al fin de cuentas, como tercer mundo, tenemos problemas mucho más importantes que resolver. Aquí nos interesa sobrevivir. Lo demás es secundario. Vanidad, inclusive.

No hace falta decir que la oferta de obras, independientes o comerciales, es reducida. Las pocas propuestas comerciales no generan interés alguno en mí. El tema recurrente, que he encontrado, recae en un humor burdo; humor a costa de guatemaltequismos expirados, estereotipos que van por la risa fácil, guiones que no llevan a ningún lugar. Un uso de lenguaje profano sin sentido, sin contribución alguna a la trama. Se puede palpar desde el afiche.

Por otro lado, tenemos la escena independiente que propone adaptaciones retadoras, pero parecen no encontrar una audiencia que responda. El material es bueno. Como todo, la falta de presupuesto obliga a crear nuevas maneras de llevar el contenido. Hablamos de la elección de sala, diseño de vestuario y trabajo de luces. Se transpira esa necesidad de contar una buena historia. La disposición del espectador está, pero no ha sido posible replicar el sentimiento a una audiencia mayor.

La impredecibilidad de asistentes juga un papel importante. No es factible planificar temporadas, como normalmente se haría en otros países. ¿Girar? Impensable. No existe una demanda suficiente en la Ciudad, en donde se concentra esta llamada cultura. Pensar en llevar estas piezas al interior no es factible. Los incentivos económicos no están ahí. No hay apoyo gubernamental para gestionar proyectos de desarrollo de expresión humana. El talento se desecha. El talento migra. Valerie Andrews lo articula mejor que yo.

Dada le realidad a la que me enfrento, recurro al streaming. Sin importar la calidad de contenido que encuentre, la experiencia nunca será la misma.  Sin embargo, me conformo con poco. Lo que interesa es absorber, nada más. Este mundo es completamente nuevo para mí. Como era de esperarse, llegué a Teatrix, una plataforma que permite ver teatro en línea.

El contenido, primordialmente argentino, me permitido encontrar un sentido de identificación. Un sentido de pertenencia no solo por la lengua sino por las temáticas expuestas. Diversas, sin duda. Políticas, pero no partidistas, en muchos casos. Con actores y actrices reconocidas que les conozco de antes. Esas caras familiares me llevaron a ‘Un Enemigo del Pueblo‘. Poco sabía de la premisa ni de la ficha técnica. Vi a Juan Leyrado como personaje titular y me quedé. Yo le creo todo, siempre.

La obra está basada en el texto del noruego Henrik Ibsen, publicado en 1882. La premisa de esta adaptación es simple: ‘el agua del balneario del pueblo está contaminada. De un lado, el Dr. Stockmann y su denuncia para cerrarlo. Del otro, el dueño del balneario que no quiere perder las fuentes de trabajo y la afluencia del turismo. ¿Quién tiene razón?‘  ¿Un texto que plantea una problemática social y moral? ¿Político, mas no partidista? Heme ahí.

Esta adaptación buscó mantener la integridad de la versión original. En palabras del director Lisandro Fiks, ‘me propuse rescatar lo que considero que Ibsen se planteaba en 1882: no un conflicto entre buenos y malos, sino entre seres humanos, con sus contradicciones, sus miserias y sus virtudes’. Adicional a la dirección, Fiks estuvo a cargo de la traducción, adaptación y musicalización. Como si fuera poco, actuó en los últimos meses de la temporada.

Mientras más leía, más convencida estaba que él era el indicado para realizar esta tarea. El teatro político es algo que hace con naturalidad. Sus obras anteriores lo confirman.  Hay mucho para diseccionar cuando se busca exponer el comportamiento humano, sin duda. Él sabe cómo unir las piezas, cómo encontrar armonía con los tantos elementos que necesitan coexistir para que se encuentre coherencia en un texto complejo.

Lisandro es un contrabajista de profesión. Formó parte, durante 14 años, de ‘Los Amados’, un exitoso grupo músico-teatral. La estética, tanto visual como sonora, es algo que no tiene precedente. Él estuvo a cargo de la dirección musical. Lo dice como si fuera algo cotidiano.

Esta versatilidad presentada no es poca cosa. Yo necesitaba hablar con él para entender esa necesidad de llevar un texto atemporal al presente. ¿Qué filtro se usa para esto? Quería entender más acerca de la exploración hecha en cuanto a los vínculos expuestos aquí, el sentido de pertenencia y contexto que un pueblo permite abordar.

Hablamos acerca esta adaptación, la historia detrás de la llegada de esta obra al Teatro San Martín, el deseo de llevar una obra a un lugar actual, la debilidad que tenemos por personajes idealistas, el proceso de selección del elenco y lo nuevo que está por venir.

Están regresando, de a poco, las obras. ¿Cómo lidiás con la ansiedad de saber qué va a pasar?

La verdad, prefiero no pensar en eso. Es una constante. Acá en Argentina, a la gente le gusta vivir así, y a mí no me gusta. Si ahora viene la segunda ola, vienen las restricciones. Sino, estallido social, el dólar se dispara, la inseguridad. Siempre hay algo latente, y la política lo utiliza. Prefiero vivir al margen de eso. Si se vuelven las restricciones, bueno, volverán. Mientras tanto, nos cuidamos.

De a poco, hay un apertura en la que estoy volviendo a hacer algunas cosas. Si progresan, progresan. Sino, se volverá todo a una cuestión estricta. Lo vivo de esa manera. No me quiero enroscar porque pensando en que ‘por las dudas’. Los proyectos y la psiquis funciona mal. Lo que tenga que pasar, va a pasar. 

Es una buena postura. No perdés el tiempo en cosas que no podés controlar.

No lo puedo controlar. Cuando empezó la cuarentena, parecía impensado. Si uno veía esto, con la expectativa de que, ‘a ver si se corta o no’. Yo hasta el último día estaba planeando una gira. Tenía dos obras de teatro en cartel. Se cortó todo. Ahora tengo tres o cuatro proyectos encaminados, y si se cortan, se cortarán. 

¿Cómo te presentás? ¿Como actor y director? ¿Dejás la música de último?

Depende con quién me presente (risas). Soy todas esas cosas. Lo que más me gusta es la actuación, en este momento. Depende, depende con quién esté, cuál sea esa presentación. 

Sé que venís de la autogestión. El teatro independiente te obliga a replantear la manera de trabajar. Leí que Eva Halac, programadora de El Regio, jugó un papel importante para que esta obra se hiciera. Contame más. 

Yo estaba haciendo teatro independiente, una obra escrita y dirigida por mí. La estaba haciendo en un teatro muy pequeño y vino ella a verla. Ahí nos conocimos, y pasó eso de largo. Vino al tiempo a ver otra obra mía, ‘1982 Obertura Solemne’, en otro teatro independiente. A la salida del teatro me preguntó si me animaba a dirigir en el Teatro Regio, que pertenece al Complejo Teatral Buenos Aires, llamado San Martín. 

Le dije que sí, por supuesto. Ella tenía unas obras en mente, y yo le propuse ‘Un Enemigo Del Pueblo’. Empezó una negociación, a ver si era una obra para hacer. Era una obra con muchos personajes. Ahí vino mi planteo: quería hacer una versión que sucediera en el presente, con seis personajes.

Yo quería que la asamblea se haga con el público, que no sean figurantes ni extras, sino que se le plantee a la platea formar parte de ese debate.

Eso gustó, que sea en Argentina, en la actualidad. Seguimos adelante hasta que fue aceptada por los directivos. Lo que más gustó de la obra, lo que la gente más disfrutaba y valoraba era esta asamblea abierta al público. 

Lisandro Fiks en ensayos previo al estreno en El Regio, Créditos: Diego Grispo.

En realidad, no era el público. Era más como una ruptura de una cuarta pared a medias porque no es que se le hablara al público sino que se le invitaba a formar parte de la obra. No es que se le hablara sino que el público era el pueblo. Aceptó ese rol, siempre, de muy buena gana y jugando a que los actores que estaban ahí eran el Doctor, el Intendente de ellos mismos, del pueblo. Funcionó, mágicamente. Fue una locura porque yo no sabía, nadie sabía qué iba a pasar. Podrían no jugar el juego, sentirse intimidados, pero nunca pasó. 

Quiero entender cómo empezás a bajar la idea a algo real. Me refiero, ese proceso de adaptación: transcribir, encontrar el tono correcto, formar a cada personaje, el traer la historia a un contexto relevante. 

No sé qué decirte. Creo que es algo bastante natural, me pasa eso. Lo tengo que traer ahí, a mí. Interviene mi lado actoral. Lo pienso desde el lado de mi actualidad. Yo considero que una obra tiene que ser actual, en lo posible. Si voy a hacer Antonio y Cleopatra, no. Creo que si la historia, el eje central no condiciona una época y puedo encontrar paralelos, puedo encontrar situaciones actuales, lo mejor es hacerla actual.

Al ser un tema universal, un tema que no tiene época, como lo que sucede aquí. Me resulta muy orgánico hacer eso. Por eso no sé qué decirte. Agarré la obra. Siempre la tuve en la cabeza, y siempre pensé que era una obra posible de hacer, actual. Tengo otras en la cabeza, que son posibles para hacer. Hace dos años también hice la adaptación de una obra de John Steinbeck, ‘Of Mice and Men’, que no se había hecho nunca en Argentina.

Lisandro Fiks dirigió la adaptación ‘Of Mice and Men’, texto original de John Steinbeck. Juan Luppi fue el encargado de traducir el texto. Créditos: Ociopatas.

Hice la versión que sucede en Argentina, no en la actualidad, un poco anterior; en ese sentido, la realidad de la obra no permite que sea en la actualidad. Hay un gran tema de injusticia social, de explotación de los trabajadores rurales. Hoy, con la tecnología, con cámaras ocultas, esto saldría a la luz. Ubiqué la obra en el 1968, la original es en 1930, en California. La ubiqué en el campo argentino donde también había una posible impunidad a los explotadores de trabajadores rurales.

Cuando la obra lo permite, lo acerco todo lo posible a la actualidad. Me resulta un proceso bastante natural y necesario.

Es algo que necesito. Me parece que una obra que hable de hace 100 o 50 años, hecha hoy, necesita una actualización. No por un capricho sino porque también hay algo que los autores, como Ibsen o  Steinbeck, escribieron las obras en su actualidad. No escribieron una obra de 100 años atrás. Escribieron una obra que sucedía en su aquí y ahora, para ser representada en la actualidad.

Me parece que también respetar ese concepto es respetar el texto, de alguna manera. Podría entenderse como una falta de respeto al texto, al actualizarlo. Yo lo considero exactamente al revés. Ibsen escribió su obra para su actualidad.

Para mí, la escenografía me deja ver quién es Tomás. Los frascos viejos, el ventanal, las sillas. Las pocas renovaciones que se hicieron con el paso de los años. Hay algo muy claro ahí: una persona tradicional. De antes. Creo que esto refuerza las convicciones, de alguna manera. ¿Qué tan específico fuiste con esto?

El diseño de la escenografía lo hizo Micaela Sleigh, con quien trabajé a la par. La escenografía tenía que estar acorde a lo que sucede. Hay una realidad: Argentina es poco federal. Todo está centralizado en Buenos Aires. Acá es un pueblo ficticio, lo pensé a 300 kms. de ahí. Lo suficientemente lejos como para no acceder cómodamente, sino que hay que irse a vivir a Buenos Aires.

En esos pueblos que conozco, que he recorrido bastante por suerte, se vive una realidad muy diferente. Es una vida de pueblo, en donde hay un Intendente, donde todos medio que se conocen. Hay una dinámica más tradicional, en donde hay personas que quieren y necesitan renovarse. Otro con un sector más conservador. En ese mundo, yo me imaginaba esto, también por lo que representa el título; no en todos los lugares ‘un enemigo del pueblo’ significa lo mismo.

Pueblo en Argentina tiene un significado. Acá hay un dicho, ‘pueblo chico, infierno grande’. Donde todos se conocen, donde un escándalo pasa a ser lo peor que le puede pasar a un ciudadano de ahí. El hecho de que el Intendente sea hermano del Doctor hace también, a la historia, un vínculo fundamental en la historia. Todo se va de las manos porque ellos dos son hermanos. Si no fuesen hermanos, yo creo que llegarían a un acuerdo. Al ser hermanos, esta discusión empieza y no tiene fin. 

Intensos intercambios entre Juan Leyrado, interpretando a Tomás y Raúl Rizzo como el Intendente. Créditos: Complejo Teatral BA.

También forma parte de esto, de este diseño. Es una casa tradicional, que viene de años, se la da el Municipio. Es un diseño social bastante común en Argentina. Nunca pensé que la obra fuera a llegar a Teatrix, y que iba a poder verse en Guatemala. Me interesaba que se viera un pueblo, no capitalino, que mira a la Capital de lejos; y que en ese pequeño mundo, están estas termas que le dan vida económica a este lugar, y que esta situación los complica, y favorece. Hay que tomar esta bendita decisión que, hoy en pandemia, parece estar actual. 

¿Cómo soltás? No puedo ni imaginar la cantidad de tiempo leyendo esto, reescribiendo, pasando filtros. 

Yo hice la adaptación y cuando la terminé, nos pusimos a ensayar. 

¿Tan así? ¿Directo al ensayo? 

Sí. Yo entré como director. Yo planteé la versión, la escribí, porque hubo un tiempo, que se programó. En el teatro oficial se programa con meses, casi un año de anticipación. Yo tuve el tiempo de sentarme tranquilo con todas las versiones que conocía, después agarré la versión original, en noruego, la traduje con diccionarios. Empecé a trabajar con tiempo, aunque me llevó muchísimo tiempo. Terminé una versión que fue la que finalmente llevé al primer día de ensayo. Después se terminó de pulir.

Habían cosas que sobraban, que necesitaban aclararse un poco más, pero siempre una obra se termina en el escenario con los actores. Siempre. Me parece que es fundamental eso porque los actores tienen este gran aporte, el vivir un personaje. No considero que un adaptador, en este caso, tenga que ponerse rígido a la hora de querer mantener un texto.

Cuando un actor propone algo o una palabra no le queda bien, quiere hacer una modificación, o yo mismo me doy cuenta que algo está repetido o no es necesario, tal vez falta dar información. Esas cosas se van dando mejor siempre en el escenario. Se termina de escribir la obra en el escenario. 

Creo que la elección del casting fue acertada. ¿Tú decidiste con quién querías trabajar? 

Sí. También hubo dos personajes que yo pedí que sean por audiciones. Yo podría haber elegido a dedo, a todos los personajes. Justo en esa época había hecho una obra, también para el Teatro San Martín, como actor y músico. La directora de esa obra, Corina Fiorillo, había llamado a audiciones para cubrir a esos cuatro personajes que eran cuatro actores músicos.

El resto del elenco ya estaba elegido, a dedo. Pero, estos cuatro, fueron por audición y yo entré por audición a ese elenco. Me gustó mucho el hecho de dar la oportunidad a actores que tal vez no entran directamente a un proyecto en el San Martín, en el teatro oficial. Pedí que dos de los personajes sean elegidos así. Se hizo una convocatoria y así entraron Viviana Puerta y Bruno Pedicone.

Viviana Puerta y Juan Leyrado. Créditos: Complejo Teatral BA.
El humor que se presenta con lo cotidiano. Tomás quejándose por el ticket en la heladería, la iluminación en la entrada y la justificación del gobernante. La entrada de Paula (Romina Fernandes) con el intercambio de la comida. La seriedad en el diálogo te permite crear esa dinámica con el texto, la ironía en ‘Alejate de la ventana. Te puede pegar una piedra de la democracia’. 

Yo considero que a esta obra, por más tiempo que haya pasado, Ibsen le puso humor. No es que la versión original sea seria, solemne y yo le puse humor. La obra ya tenía humor. Pasan estas cosas: uno toma a Ibsen o Shakespeare y les pone en un altar para leerles. Eran tipos que desbordaban humor, imaginación, ironía. Yo creo que, no por ser irrespetuoso, pero hay que faltarle un poquito el respeto a eso. Faltarle el respeto a la solemnidad, al bronce porque ellos se divertían haciendo lo que habían.

Vos lees ‘La Gaviota’ de Chéjov y está llena de humor. Además, aunque termina con un suicidio, Chéjov la presenta ‘comedia en cuatro actos’. Me parece que hay que estar muy atentos a esas cosas, sino uno hace un teatro aburrido, solemne, vetusto. Esos autores no hacían eso, al contrario. 

Qué universal lo que busca contar, ‘El pueblo se equivoca. La mayoría tiene el poder, pero no tiene la razón’. Esto se vive en el tercer mundo, día a día. Tenés a los idealistas, que quieren salvar al mundo, pero que no entienden la consecuencia económica del todo. Tenés a los políticos, que usan a su beneficio esa masividad. ¿Por qué contar esto ahora?

Lo que pasa es que yo no comparto esa premisa. Yo no creo que el pueblo se equivoca. Yo no creo que el Intendente esté tan equivocado, no creo que sea el villano. Lo que sucede y que es algo con lo que Ibsen carga, es que la versión de Arthur Miller se hizo más famosa que la versión original. La original no es tan popularmente conocida. Yo quise hacer la versión original.

La de Arthur Miller es la que se hizo la película de Holloywood, ‘An Enemy of the People‘ protagonizada por Steve McQueen; esta la que le dio origen a ‘Jaws’. Aquí, la contaminación es mortal. En la película de Steve McQueen, al pueblo no le importa que la contaminación sea mortal. En ‘Jaws’, a los comerciantes del balneario no les importa que haya un tiburón que se coma gente. ‘No podemos cerrar el balneario porque sino nos fundimos’ ¿no? Hasta que el tiburón se come a un niño, ahí el Intendente se vuelve loco. ¿Cómo no volverse loco? 

Si la contaminación es mortal, la obra es un absurdo porque ¿cuánto puede durar esta situación? No dura nada.

Ibsen no escribió eso. Ibsen escribió que la contaminación no es tan grave, es a largo plazo. Es una contaminación que no mata, sino que trae problemas intestinales, alergias y que a largo plazo no sabemos. Él no lo especifica. Se toma el trabajo de decir que hace dos años que está en funcionamiento el balneario, las termas, en mi adaptación. Nadie se murió y que sí, hubo algunos casos, pero a nadie le llamó la atención.

¿Qué hacemos? ¿Cerramos definitivamente por dos años, cinco años o el tiempo que nos lleve rehacer toda la instalación de la toma de agua? ¿Lo hacemos gradualmente, en silencio, para que el turismo siga viniendo? ¿Nos fundimos todos? ¿Qué hacemos?

Tomás dirigiéndose al pueblo. Créditos: Martín Wullich.

Me parece que aquí está la gran diferencia, contradicción y planteo de Ibsen. No es que la gente se va a morir con esa contaminación. Entonces, ¿qué hacemos? Un médico, fanático, va a decir, ‘si a una persona le da diarrea, hay que cerrarla’. El Intendente le dice, ‘¡pará, no! Tené toda la medicación que necesitás, pero no fundas al pueblo. Dejate de hinchar, si la cosa no es tan grave’. El Doctor responde, ‘si llega alguien con alergia o problemas intestinales, ¿qué le digo? ¿Sabía que esto le podía pasar, pero no lo hago por el futuro económico del pueblo? ¿Porque mi hermano no quiere?

En esa situación, la premisa es distinta. No es que el pueblo se equivoca, nosotros somos el pueblo. En este caso, Ibsen nos pone en una gran duda porque lo que plantea la obra es una gran duda. Yo intenté conservarla todo lo que pude; evidentemente, siempre el público va a tomar partido por un personaje idealista. El Doctor siempre va a caer más simpático que un político. Es inevitable. Los actores también toman partido por eso.

Por eso Juan Leyrado es más simpático que Rizzo, y cada uno critica o enaltece a su personaje de acuerdo a su propia ideología. Ahí es muy difícil intervenir como director. 

Raúl Rizzo y Viviana Puerta. Créditos: Martín Wullich.

Pero, bueno. Yo traté de conservar eso, todo lo posible, y creo que mucha gente se fue con esta duda, y decir, ‘¿qué hacemos? ¿Cerramos las termas o las mantenemos?’ Por eso yo te decía que hoy, en pandemia, la situación es muy parecida. ¿Qué hacemos? ¿Fundimos un país por una enfermedad que muere gente, pero la podemos controlar? ¿No la podemos controlar? ¿Quién se queda en casa? ¿A quién se vacuna? ¿Fundimos la economía de un país en pos de la salud o no?

Son respuesta muy difíciles de dar. Creo que, justamente, la obra plantea esa reflexión. No plantea una solución, al contrario. Nos deja el, ¿ahora qué hacemos?

El doctor representa ese ideal, esto que muy en el fondo anhelamos. Es bueno por la bondad misma, sin otro motivador detrás. 

Claro, es muy lindo escuchar a un tipo que dice, ‘si una sola persona tiene malestar estomacal, hay que cerrar las termas’. Pero, ¡se funde todo el pueblo! Fundimos al pueblo, ¿realmente querés eso? ¿La gente no puede tener un malestar estomacal? Bueno… esto nos pone en una encrucijada. 

Nunca nos vamos a ir por el político porque ya hemos visto que hay un precedente, y no nos es posible creer más. No hay credibilidad. Nunca les vamos a tomar una propuesta en serio, aunque sea por el bien común. Nunca vamos a entender ese costo que hay que incurrir para el bien común. 

Sí, sí, estoy de acuerdo. Por eso el público siempre toma partido, por eso los actores toman partido. Por eso uno lee la obra y no lee lo que realmente está pasando porque uno ya se identificó con el Doctor, desde el primer acto. Cuando él dice, ‘¿cómo va a ser que la gente vaya a votar sin haber leído la Constitución?’ Está planteando el voto calificado. Uno no lo escucha. 

Por eso le duele tanto la decisión de su suegro, de comprar las acciones después del discurso ante el pueblo. Es una puñalada a su integridad. 

Exactamente. Lo que pasa es que él va con ‘la verdad’, y quiere decirla, porque es lo que le dice su mujer, ‘¿qué necesidad tenés de decir que la contaminación viene de la curtiembre que tenía papá?’ No había ninguna necesidad. No importa, está contaminada. La mujer le pidió porque ahí, si querés, sucedió lo mismo que sucede ahora en la obra, pero años atrás.

¿Qué hacemos, cerramos la curtiembre que le da trabajo a todo el pueblo? Sí, la cerraron y el pueblo, a pesar de eso, sobrevivió. Había mal olor, una curtiembre da un muy mal olor. Pero, andá a saber cuántos años funcionó. Bueno, se dá la misma situación. Hay cosas que la humanidad va evolucionando y hay cosas que se permite y que no.

Hoy se permite la minería cielo abierto, se permite el cianuro, un montón de cosas. La tierra se está agotando, año tras año. Como es a largo plazo, bueno. Comida para hoy, hambre para mañana. 

No hay consecuencias inmediatas que justifiquen una decisión tan drástica. Lo ve como que han pasado un par de años, y no escala todavía. Esto lo vemos aquí, es que se sabe que el problema puede seguir y no pasa nada. Es como si el largo plazo no llegara nunca. Es como el endeudamiento público.

Sí, pero no nos vayamos tan lejos. Esto lo podemos vivir nosotros mismos con nuestro cuerpo. Me fumo un cigarrillo, no me voy a morir por uno. A lo mejor me puedo morir en un par de años de cáncer, pero en una de esas, no. Es lo mismo.

La humanidad es así. Somos así, y están estos genios como Ibsen que vienen a plantearnos una historia como esta. No con una respuesta, sino con una pregunta. ¿Qué hacemos?

No presentás personajes completamente buenos y malos. Cada quién vive según sus creencias, y lo que fundamentalmente creen que está bien. Se resume a su verdad. Y es que la vida es así. No es posible pretender que estamos en este blanco y negro todo el tiempo. 

Me parece que eso es la base de una buena obra. La cuestión de hacer un villano, si en la obra vos tenés un villano, es un cuento de niños. ‘Ahí viene la bruja’, ¿no? Es malo porque le gusta serlo. Cuando una obra está bien escrita, y estamos hablando de los grandes autores, un villano no es un villano porque sí.

Podemos tomar el villano más conocido de Shakespeare, Yago, que lo destruye a Otelo. Él está dolido, es una persona que está lastimada porque Otelo no lo nombró capitán. Quedó muy lastimado, suponía que lo merecía. Ahora, a partir de su dolor, va a realizar esta venganza. No es malo porque le gusta ser malo. 

Si el intendente es malo, no sirve de nada. ‘No, que se mueran los turistas’. No tiene sentido. El tipo está defendiendo la economía de su pueblo. Ningún villano se cuenta a sí mismo que es un villano. Ni Hitler. Hay que tomar decisiones de actuación, dirección, de dramaturgia para que un personaje no sea un villano por el simple hecho de serlo. 

Por llevar el nombre ‘Intendente’. 

Claro, o por decir, ‘no cerremos las termas’. No es que quiera que la gente se muera o que la gente tenga una reacción alérgica. Dice, ‘si pasa eso, tenemos todos los remedios. Pero, si cerramos, toda la gente se queda sin trabajo. El pueblo desaparece’. Ese rol debe ser cuidado. Aunque la realidad es que nosotros vemos a la gente como villanos. Lamentablemente, se deben contar otra historia. Hasta que nosotros no entendamos esto, vamos a vivir entre dos polos y ahí estamos al horno. 

Muy relevante para mí fue el uso del silencio, en el pasar de la obra. No hay música que acompaña, solo cuando estás por cortar la escena. ¿Por qué te decidís por esto? ¿Querías que fuera algo mucho más visceral? ¿Que no tuviéramos distracciones?  

Sí. En las obras de teatro, salvo que sea un momento muy especial, lúdico o que necesite un marco musical, no me gusta usar música. Es un recurso cinematográfico que en teatro no. Lo usé varias veces, pero no es un recurso necesario para mí. A mí lo que me gusta hacer es apelar a la actuación, a la acción, a lo que tiene que suceder en el escenario. Si requiere de música o veo que la música puede ser importante, la utilizo.

No es un recurso habitual. El único momento que hay música es en el final cuando Juan dice su último texto. Lo sentí necesario y que acompañaba ese momento. El resto, no necesitaba ni cabía la música. 

Escribiste un tango. 

Sí.

¿Cómo sabés qué funciona y qué no? ¿Es un sentimiento que no se puede explicar?

Me pasó la situación que al traer la obra a la Argentina, yo quería y buscaba tener referentes argentinos similares al Doctor Stockman, a este personaje. Tipos fanáticos, que quieran cambiar al mundo, que no les importe lo que les digan, que siguen adelante con su ideología. En esa búsqueda, entre dichos y reportajes, encontré dos personas que fueron bastante inspiradoras: René Favaloro, un doctor argentino que inventó el bypass. Un cirujano de corazón.

Fue un tipo muy recto, comprometido con lo que tenía que hacer. Fue uno de los más grandes cirujanos de corazón en el mundo. Tristemente, el Gobierno no lo apoyó. Tenía que cerrar su clínica; él atendía a gente que podía pagar, y a la que no, él lo pagaba. Tuvo un mal apoyo del Gobierno y terminó echando a sus empleados. Se pegó un tiro.

Otra persona que me inspiró mucho fue Astor Piazzolla, que quiso cambiar el tango. Fue odiado y denostado porque decían que no tocaba tango. Mantuvo su ideología, amor a la música y modificó el tango para siempre. No solo eso sino que hizo su música un referente argentino en el mundo entero. A partir de ahí, la música tenía que tener una idea Piazzolla y ahí apareció ese tango con aires de Piazzolla. Contemporáneo, diría. 

Muy dramática la pieza. Conté cinco cortes. En cada uno se va jalando de a poco, y para el cuarto, yo ya sé que viene el colapso. 

Sí (risas). Lamentablemente, en Teatrix, la edición no permite mucho escucharla porque los cambios en el teatro eran más largos. Había fragmentos más extensos de música, pero también por una necesidad. Los actores tenían que cambiarse, había que cambiar la escenografía. Entonces, se escuchaba más la música. Había tramos más largos de música.

Eso lo hablamos con Teatrix, yo fui a la edición. Me dijeron que no podían dejar tanto tiempo en negro la pantalla, con música, porque no tenía sentido. Tiene algo muy cinematográfico Teatrix. A mí me pareció bien, que hace un poco la dinámica. Sí, la música se pierde, pero no es lo esencial en la puesta. Colaboraba mucho en el teatro, pero el teatro en vivo es otra cosa.

¿Cuándo supiste que la obra iba por buen camino? ¿Fue en el preview? ¿Alguna reseña? 

No, nunca lo supe. Empezó a funcionar bien. Veías la respuesta, pero siempre era en toda esa primera temporada que hicimos, de estar en la incertidumbre total. Además, el público se empezó a enganchar, y cada vez más, pero siempre estaba el miedo de que pase algo: de que alguien del público se enoje, que putee, que haga alguna locura. Por suerte, nunca pasó.

Cuando todo se fue asentando, los actores empezaron a tener una tranquilidad en el manejo del público. El público jugaba en serio. Insultaba al Intendente. La versión de Teatrix fue bastante posterior a esa primera temporada. El personaje de Juan Leyrado, en las primeras funciones, era mucho más agresivo con el público. Les decía cosas mucho más serias. Después Juan empezó a ir un poco para atrás con eso.

Les decía directamente, ‘ustedes son ignorantes’. Decía cosas mucho más contundentes, y a veces lo insultaban a él también. Eso a mí me gustaba más. Los dueños de las obras son los actores. El actor es el que lo vive y toma las decisiones en el escenario. Tuvimos muchas charlas con Juan, nosotros tenemos un vínculo muy lindo y sincero. Nos hemos peleado, arreglado y hablamos mucho de eso.

Lisandro también dirigió a Juan Leyrado en ‘EXTRA VIRGEN’. Créditos: Clarín.

Llegamos a lo que viste vos en Teatrix, a lo largo de dos años. Una obra, después de dos años, se va acomodando, tomando otros rumbos. Todos los personajes atravesaron eso. Inclusive yo, me sumé al elenco. No estaba en los planes. Fue en el final, los últimos dos meses. El actor que lo hacía decidió irse. La obra venía para finalizar. Yo sabía el texto, lo que había que hacer. El elenco no tenía que volver a ensayar con alguien que venga de afuera. Para resolver, más que nada, fue que yo me sumé. 

Ese personaje también está muy estructurado. Ese peinado, engomado hacia atrás, el pañuelo con el pin. Una pomposidad. 

Para Argentina, representa al terrateniente. El tipo, realmente, poderoso. Dueño de las tierras, de los medios. Como se diría acá, ‘el que tiene a la sartén por el mango’. El que tiene el verdadero poder, no el poder político de turno. 

¿No te pasó por la cabeza dedicarte a dirigir y diseñar espacios sonoros para el teatro?

Lo hice mucho años, viví de ser músico, mucho tiempo. Después, estuve muchos años en ‘Los Amados’, un grupo de música y teatro. 

Vi lo que hicieron con ‘Los Amados’. El público también entendía la dinámica, el uso de los colores en vestuario , el postizo. Un universo en sí. 

Acá trabajamos mucho, fue un grupo muy importante. Anduve mucho tiempo trabajando como actor y como músico. Yo era el arreglador y director musical del grupo. Además, también produje dos discos del grupo. Lo que pasa es que nunca fueron cosas muy específicas. Nunca dije, ‘esta parte es mi sector musical’. La vida se me fue dando de ese modo, formar parte de ese grupo que funcionó muy bien. La música siempre estuvo medio compartida con el teatro. 

Lisandro Fiks (der) formó parte de ‘Los Amados’ por 14 años. Créditos: El Espectador Compulsivo.
Mi pregunta era si no te pasó por la cabeza meterte de lleno a trabajar con una productora y tú ser el encargado de la musicalización. Entendés cómo desarrollar una pieza, de principio a fin. 

No se me dio ni tampoco lo busqué. La parte musical, la ejercí mucho tiempo como instrumentista, pero no en ese sentido. No es algo que me apasione, sino lo hubiese hecho. Preferí tocar en vivo, de ser músico más que hacer este tipo de cosas, de producir bandas sonoras.

Leí que estuviste en Cuba con Cachaito López (Buena Vista Social Club). ¿Cómo llegás a esto? Me voló la cabeza.

No tengo idea. Me fui a Cuba a buscarlo a Cachaito. Le toqué la puerta. Me fui a La Habana, sin saber. Suponía que él vivía ahí y me fui. Lo busqué. En Cuba, la gente es hermosa, muy alegre, dada, generosa. Enseguida, el mismo día que llegué, averigüé en dónde vivía. Unos amigos que hice ahí me ayudaron.

Yo ya venía que iba a contactarles, salimos a cenar e inmediatamente y empezaron a llamar, ‘¿sabés en dónde vive Cachaito López?’ Hasta que uno sabía en dónde, me acompañaron. Eran medianoche, me acompañaron a la esquina, y me dicen, ‘aquí vive. Vení mañana, en horario normal, y preguntá en qué puerta vive’. Fui al otro día, pregunté en un almacén, ‘Cachaito vive por acá, sí, el cuñado de Rosita’.

Conocían a Rosita, no a él. Fui, toqué la puerta y me atendió él.

Me presenté, le dije que era músico, que tocaba el contrabajo, que quería estudiar con él.

Me aceptó. En ese momento no, pero a la tarde regresé y tenía preparados ejercicios para tocar. Me trajo su contrabajo y cuando terminó, hicimos una clase larga. Tomamos café y le dije, ‘yo me voy a quedar acá unos cuantos días, ¿podemos hacer otra clase?’ Me dijo que sí, mañana. Así fui todos los días. Pasé año nuevo con él. Fue hermoso. Una persona increíble. Él no tenía mucha noción de quién era él para el mundo. 

Es como si estuvieran aislados, completamente. 

No era eso. Era una humildad y concepto de qué significa la vida muy diferente. En Cuba, al menos cuando fui yo, en 2007, un concepto diferente del mundo. Él salía de gira todo el tiempo, conocía el mundo entero. No era que estaba aislado. Él me dijo que al mes siguiente se iba por Europa, había estado en Nueva York haciendo por Buena Vista Social Club. Le sorprendía.

Yo le decía que conocía sus discos solistas, y él se quedaba medio asombrado. No tomaba dimensión de la fama, eso de la fama popular. Eso es algo que no lo tienen tan presente. Supongo que tiene que ver con una difusión, los medios, esta fiebre de fama que vivimos nosotros, de popularidad. Ellos viven de otra manera eso.

¿Por qué no has estado en más tv, cine? Tenés 4 ó 5 créditos, veo. Así como me decías, a lo mejor no te apasiona ese formato.

En ese caso, me apasiona eso, pero no he tenido más suerte que esa. 

Hubiera pensado que habrías escrito algo para ti y plasmado para vender un unitario, una película.

Si todo sigue funcionando, voy a filmar una película con un guion mío. Tiene que ver con la autogestión. Me hubiera gustado hacer mucho más cine, pero no se me dio. También es significativo, creo, que las dos películas que hice fueron con directores extranjeros, Álvaro Brechner es uruguayo, y Meirelles es brasileiro. Acá no tuve suerte. 

Lisandro interpretó al sacerdote jesuita Franz Jalics en ‘The Two Popes’, dirigida por Fernando Meirelles. Créditos: Diario de Cultura.
Hay que ir a España.

Ojalá. Estaría bueno. Para ‘La Noche de 12 Años’, yo estaba instalado en Madrid. Hice el casting ahí. Se filmó en España. Lo que filmé de ‘The Two Popes’ fue aquí, en Argentina. 

¿En qué estás trabajando ahora? ¿Qué tanto me podés contar?

Voy a hacer un café concert, en Buenos Aires, mezclando teatro, música con humor. Son tres obras cortas, que apuntan a la comedia. La música también tiene que ver con la comedia. Tocamos, pero hay mezclas de estilos que intentan un poco de locura ecléctica. Después, proyectos de teatro. Tal vez reponer una obra, ‘Of Mice and Men’. Ahora que se están abriendo los teatros, hay una posibilidad. Después, proyectos que vamos a ver cómo van. Lo concreto es eso.

¿Qué estás escuchando? ¿Qué tenés en rotación en Spotify?

No uso Spotify, pero discos sí. Soy medio tradicional. 

¿Seguís en búsqueda de nuevos discos y lo que te recomiendan?

A veces. Medio que hay algunas cosas que escucho que puedan aparecer, pero en general escucho la música que tengo. A veces la radio, pero me gusta escuchar vinilos. Tengo muchos vinilos. Después escucho jazz, rock, depende; música clásica también, mucho a The Beatles. De todo un poco, me gusta escuchar mucho son cubano también.

Después grupos que voy descubriendo. Hace un año descubrí a The Tiger Lillies, me fascinaron. Vinieron a un festival de teatro, a hacer Hamlet. Me pongo a escuchar a Billie Eillish. No paso todo el tiempo buscando cosas nuevas. Algunas me llaman la atención y las escucho. 

¿Artista favorito al que siempre regresás?

Sí, The Beatles. En cualquier momento podría poner cualquier disco de ellos. Eso me pasa. Es como algo bastante que me acompañó toda la vida, desde los cuatro años. Después, Piazzolla. Músicos de jazz que me gustan mucho, Charles Mingus, Chet Baker. No todos los discos de Miles Davis.

Tuvo una época medio experimental, rara. 

Ahí ya me quedó un poco afuera. Me gustó mucho, escuchar en su momento, a Coltrane. Después llega un punto en que no le puedo poner en cualquier momento. 

Si estás enfrente de una puerta, tocás el timbre, ¿quién te abre?

Me gustaría tanta gente. El otro día estaba hablando con un amigo y me dice que tiene una amiga que es íntima amiga de Mads Mikkelsen. Me encantaría tomarme una cerveza con ese hombre y charlar. Es un actor fabuloso, estoy bastante decepcionado porque no lo nominaron al Oscar. Es un tipo que admiro profundamente, y no por Hannibal. Yo lo vengo viendo desde mucho antes. Es más, Hannibal no lo vi. Lo vi en ‘The Hunt’, varias.

Todas películas que me fascinaron. El hecho de enterarme que es amigo de una amiga de un tipo muy cercano a mí… me dice, ‘el otro día me mandó una foto tomando una cerveza con él’, hagamos algo para conocerlo. 

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Martha Elisa Estrada Cortez

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