El Punk esta Muerto, Nosotros lo Matamos
No puedo dimensionar la cantidad de horas que pasé frente al televisor, con el control de Xbox en mano, intentando aterrizar un McTwist sobre un avión estrellado. Para los que no me entienden, estoy describiendo mi serie favorita de videojuegos: Tony Hawk’s Pro Skater.
Con un soundtrack que me hizo descubrir bandas como The Clash, Misfits (mi favorita personal), Dead Kennedys, Primus, Suicidal Tendencies, Unsane y The Ramones, el juego era un festín para mis ojos y oídos. Fue ahí, entre el año 2000 y el 2010, donde nació una de mis más grandes adicciones.

Estoy seguro de que mi idilio con el punk comenzó en la sala de mi casa, fingiendo que era un skater profesional. Llámenlo mala administración parental o exceso de amor (según la perspectiva), pero pasar más de cinco horas diarias consumiendo esa estética generó en mí un vínculo inquebrantable con esta cultura. Porque sí: el punk no es solo música, es identidad. Sus elementos son fáciles de reconocer: ropa negra, Vans, Converse, botas, chaquetas de cuero y una actitud de “nada me importa” frente a un sistema que se siente ajeno. Por mucho tiempo, intenté desesperadamente pertenecer; trataba de convencer a mis papás de que me compraran los zapatos o las playeras necesarias. Muchas veces fallé, pero la intención siempre estuvo ahí.
Sin embargo, en la actualidad, represento exactamente lo contrario a esa cultura que alguna vez me obsesionó. ¿Qué pasó? ¿Dónde está el niño que se aprendió la letra de “Holiday in Cambodia” de principio a fin? La respuesta es simple: la realidad golpeó. Hoy tengo un trabajo de jornada completa, me visto para impresionar al jefe y trato de mantener un peinado “aceptable” para mi edad. Es sencillo decirle al sistema que se joda cuando tienes un colchón suave donde caer; pero a medida que creces y la vida te impone lo que es “importante” para ser un adulto funcional, te vas moldeando para encajar como una pieza más en el rompecabezas social. Ser punk, en la vida adulta, parece haberse vuelto un lujo insostenible.
Un poco de historia
El origen del sonido punk puede atribuirse a una pequeña pero explosiva banda peruana llamada Los Saicos, formada a mediados de los años 60. Si bien es cierto que gigantes como The Who o incluso The Beatles tenían temas con destellos similares, Los Saicos fueron los primeros en adoptar esa crudeza por completo y merecen ese honor. No obstante, fue a inicios de los 70 cuando la cultura punk, tal como la conocemos, terminó de gestarse simultáneamente en Estados Unidos e Inglaterra.
El punk emergió como la oveja negra del rock, con el objetivo visceral de rebelarse ante su contexto social. Tommy Ramone, baterista de The Ramones, lo resumió a la perfección: “By 1973, I knew that what was needed was pure, stripped down, no bullshit rock ’n’ roll”. Se trataba de una contracultura cuyo pilar era el “hazlo tú mismo” (DIY) y, por supuesto, verse bien mientras se desafiaba al mundo. Para finales de la década, el punk ya era un organismo vivo que se moldeaba y adaptaba a cualquier entorno.

Bandas como The Velvet Underground y The Stooges fijaron las bases de este sonido, pero nadie entendió mejor la tarea que los Sex Pistols. En 1977 lanzaron Never Mind the Bollocks, un disco cargado de comentarios políticos tan disruptivos que la propia BBC prohibió el sencillo “God Save the Queen” en sus estaciones. Con frases como “Dios salve a la reina, el régimen fascista…”, Sid Vicious y su grupo de anarquistas enviaron un mensaje claro y urgente. Ellos abrieron el paso a bandas icónicas como Black Flag, Joy Division o The Smiths, cada una plasmando mensajes antisistema en himnos como “Rise Above”, “Straight Edge” o “London Calling”.
Es fácil despachar al punk como música sin talento o un sonido inmaduro, pero es mucho más que eso: es rebeldía pura. El punk es un hecho; es la capacidad de empoderar al individuo y el reflejo de una búsqueda activa por mejores condiciones de vida. Aunque tuvo un crecimiento acelerado en los 70 y 80, hacia finales de los 90 ese espíritu rebelde pareció irse apagando. ¿Qué sucedió? Si la música era tan popular, ¿por qué “murió” de repente?
La respuesta es elemental, querido lector: todo está en el contexto.

La Primera Muerte
Verán, en la época del nacimiento del punk, ideologías extremistas y tensiones políticas asfixiaban a las naciones. Inglaterra se hundía en problemas económicos y en una dirección política incierta. Piezas clave para el crecimiento del movimiento fueron iniciativas como Rock Against Racism (RAR) u organizaciones como la Internacional Situacionista (SI) en el Reino Unido. Mientras tanto, en Estados Unidos, la sombra de la Guerra Fría y las cicatrices de Vietnam hacían del punk una necesidad vital.
Pero, ¿qué pasó en los 90 que fue apagando ese espíritu rebelde? Los 90 fueron una época extraña de “paz” en el mundo occidental. Sí, existían rumores de conflicto, pero en general la economía florecía y la vida se sentía estable. Donde hay conformidad, no hay rebelión. Y eso fue exactamente lo que sucedió: la necesidad del punk dejó de ser aparente. El punk estaba muerto y nosotros lo matamos.
Esto explica, en parte, por qué las bandas surgidas en los 2000 se sienten tan desconectadas de la raíz del género. Piensen en Green Day, Fall Out Boy, Sum 41 o Blink-182. Comparen qué tan distintas son de lo que catalogamos como “punk” al inicio de esta disertación. El sonido se pulió y el mensaje cambió; el género se volvió irreconocible. En pocas palabras: el punk se había comercializado.
Hago una aclaración: esto no es un ataque hacia esas bandas. Personalmente, me gustan todas, pero, sabiendo todo lo que les he contado, ¿realmente las considerarían punk?

El Renacimiento
A partir de 2010, el mundo empezó a volverse más hostil. Entre pandemias, guerras, figuras polémicas en el poder y filtraciones masivas, la sociedad cambió… comenzamos a vivir en un ambiente de odio y discriminación. Todos estos factores provocaron una nueva necesidad de rebeldía, preparando el terreno para que el punk volviera a abrir los ojos.
En Inglaterra, una pequeña banda con un gran mensaje lanzó su primer EP: Welcome. Así nació IDLES, la agrupación precursora de lo que me gusta llamar “el renacimiento del punk”. Conocidos por su sonido enérgico —y por tener a un dentista en vestido como guitarrista—, irrumpieron en la escena con una crudeza característica que llevábamos años sin escuchar.
En 2017, con el álbum Brutalism, IDLES empezó a romper la brecha. El disco, dedicado a la madre del vocalista Joe Talbot, abarca temas de duelo, dolor, adicciones y superación. El mundo era testigo del regreso de una cultura que se consideraba extinta.
IDLES propone un mensaje único que contrasta con la sociedad actual. Su rebeldía no solo desafía al sistema, sino que es un examen de conciencia sobre nuestros prejuicios. Traen a la mesa discusiones que durante años fueron ignoradas: la masculinidad frágil, las adicciones, el feminismo, la aceptación del inmigrante y la salud mental. Buscan dejar mensajes de amor y positivismo. Si tuviera que describir su sonido, usaría la frase de su propia mercancía: “Punk rock for softies”.

El punk ya no se trata de destruir el sistema, sino de reconstruirlo con lazos de comunidad. Esto fue aún más evidente con el lanzamiento de Joy as an Act of Resistance, un disco que no solo les dio éxito comercial, sino que sirvió de bandera para anunciar que la cultura regresaba distinta. El punk ya no era solo la ropa que usabas o el peinado que tenías; ya no era solo “pelea y rómpele los dientes a alguien”. IDLES dio la pauta de que cualquiera puede ser punk si decide ir contra el odio, y que la verdadera rebeldía reside en aceptar las diferencias.
IDLES llega en un momento de necesidad cultural, donde urge que los líderes propongan mensajes distintos a los de drogas, sexo y dinero. Gracias a su impacto, hoy disfrutamos de bandas como Fontaines D.C., Amyl and The Sniffers y Turnstile, que comparten esa misma postura social. El punk ya no busca la confrontación por la confrontación misma, sino ayudar al individuo; hacerle saber a esa persona que se siente sola que alguien entiende lo que está pasando.
El punk murió y posiblemente vuelva a morir, pero su fin nunca es permanente. El punk renace cuando la sociedad más lo necesita y, cuando muere, es paradójicamente una señal de paz: es saber que el “monstruo” ya no tiene tanto poder como antes.

Es cierto que es imposible vivir en una sociedad perfecta, pero mientras nosotros no participemos en lo que está mal en ella, el punk seguirá vivo. Su música y su cultura existirán el tiempo que sea necesario para que el mensaje penetre. Y sí, si me juzgan por mi exterior, podrán pensar que no luzco como alguien que vive esta cultura, pero es porque el punk ya no me exige un uniforme.
Quizá el niño que se sabía “Holiday in Cambodia” de memoria nunca dejó de existir, igual que la cultura que lo obsesionó. Solo estaba durmiendo, esperando que alguien le dijera que está bien ser vulnerable… y que eso, también es punk.

Texto por Marlon Fuentes.
Editado por Julio Adelso.
